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En busca del elefante blanco

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El Símbolo del Camino Blanco

A todos los progenitores les llega un momento en el que agotan su personal tesoro de fábulas que recuerdan de memoria y entonces se convierten en unos “cantahistorias”, que se inventan narraciones para hacer que sus niños se duerman en la penumbra de su habitación que, al quedar casi a oscuras, no permite la lectura de los libros de fábulas que cada uno conserva diligentemente en su biblioteca.

Una de las aventuras que logré alargar durante semanas fue la de la botella de agua mineral "Oliva", que vivía encerrada en un armario debajo del fregadero de la cocina y se había enamnorado perdidamente de una botella de vino, a la que había visto sólo un instante en la platera de la cocina y a la que había apodado con el nombre de "rojo el rasgado" por el corte en el revestimiento rojo que cubría su tapón.

De esta forma conseguía hacer que mi hija se durmiera, cuando no sucedía lo contrario y acababa despertándome con un puñetazo por parte de la niña, la cual, más  despierta que nunca, me invitaba terminantemente a que siguiera con el cuento y que aún hoy, con casi treinta años, me sigue pidiendo que lo escriba y lo publique.


Pero la fábula que más encendió su fantasía y la de muchos niños a los que he tenido la oportunidad de contarla durante años, fue sin duda la de un personaje inventado por mí que tenía un extraño defecto.
Se trataba de un niño que cuando movía la cara hacía “gling”, cuando movía la barriga se oía ”glong” y cuando movía el pompis “glung”.

"Gling, Glong, Glung", como ya le habían apodado en su pequeño pueblo en las laderas del Monte Blanco, era, como les sucede siempre a las personas diversas, objeto de mofas y bromas y poco a poco se vio marginado, no por parte de los niños de su edad, que no suelen notar estas diferencias, sino por los padres de estos, hasta el punto de que llegaron hasta el punto de convencer a su madre, que lo veía cada vez más triste y solitario, para que lo dejara bajo la custodia de su viejo padre, que se había retirado para cuidar de su rebaño de ovejas.

Gling estaba feliz y había regresado a sonreír en parte gracias a las ovejas, que a diferencia de los hombres tenían muy en cuenta las señales que emanaban de su cuerpo, desplazándose a la derecha o a la izquierda según oyeran un glink, un glong o un glung.

Ya más crecido, Gling amaba desplazarse hasta los pueblos esparcidos por el valle con sus ovejas, vendiendo leche y queso.
Acababa de cumplir 18 años cuando un día conoció a un bellísima muchacha y cuál fue su estupor al darse cuenta de que ella también tenía su mismo defecto, defecto que la había marginado y aislado de su pequeña comunidad alpina.

Brin – así era como llamaban a la moza –  al mover la cabeza, la barriga y el pompis producía los mismos sonidos que Gling, sólo que en su caso eran  "Brin, Bron, Brun".
Brin también estaba triste y desolada y había llegado al punto de vivir encerrada en su casa durante semanas.
Aquel día, al oír un sonido tan parecido al suyo, decidió salir e ir e verlo. Fue un relámpago de luz, un amor a primera vista. Los dos muchachos se habían enamorado perdidamente el uno de la otra y no querían volver a separarse.

Brin convenció fácilmente a sus padres para que le permitieran seguir a Gling, estando ellos convencidos de que jamás se casaría con un buen joven del pueblo por su insoportable peculiaridad. Durante años, los jóvenes viajaron juntos por los valles al son rítmico de Gling, Bron, Glung, Brin, Gling, Brun.

Se casaron y tuvieron dos niños: un chico que hacía Frin, Fron, Frun y una  chica que hacía Drin, Dron, Drun y cuando vagaban por los valles con su rebaño se escuchaba la  insustituible sinfonía de Gling, Bron, Frin, Drun...

Desde entonces viajaron por todo el mundo, llegando incluso hasta la India, a la corte de un Maharajá que tenía un bellísimo y rarísimo elefante blanco y que les contó la leyenda del valle "de los elefantes blancos".


La leyenda
, susurrada por los abuelos y por las abuelas en las noches de plenilunio, narra que en un país de Extremo Oriente, en las faldas del Himalaya, existe un valle llamado Shamballà habitado por algunos Elefantes Blancos, que han alcanzado la sabiduría y la iluminación y se han vuelto tan puros que su manto ha alcanzado un brillo particular, que en las noches de plenilunio refleja la blanca luz de la Luna...

Seguidamente, Eleonora, mi hija, se hizo grande y empezó a jugar con las Barbies, inventándose ella sola las historias de Gling y del elefante blanco.

De vez en cuando, cuando transcurro veladas entre amigos que tienen niños pequeños, vuelvo a hacer de "cantahistorias", logrando capturar su atención hasta tal punto que no quieren que me vaya, como sucedió durante  mi viaje en India con Eddy en 2003 durante las vacaciones de Navidad.

Cuando llegamos, nos recibió un simpática señora italiana, Francesca Drago, que nos había reservado un habitación en un Bungalow, cerca del Metramendir. Por la noche nos veíamos en un bar en los alrededores de un lago de flores de loto y tomamos la costumbre de apartarnos en un templete blanco, que tenía en medio un mapamundi sobre el que estaba sentada un figura femenina que miraba al cielo estrellado, y fue allí donde, animado por Francesca, que ya había escuchado mis historias y hacía de traductora, empecé a narrar mis fábulas a Brin (flor de loto) y a Drin (pequeña orquídea), como adoraban ser llamadas las dos chiquillas,



en medio de cielos que cada tarde cambiaban de colores y que parecían enviar mensajes con su rayos azules, rojos y dorados hasta que llegaba la noche, en la que aparecía una infinidad de estrellas.


Una tarde sucedió que me quedé solo con pequeña orquídea, la cual me hizo una extraña pregunta:

¿En qué estrella está tu Shiva, tu elefante blanco?".
Me quedé sorprendido y le respondí que "los elefantes blancos" no estaban en el cielo, sino en Shamballà".

Pequeña Orquídea me sonrió y los papeles se intercambiaron y ella empezó a contarme su fábula.

"Sí – me dijo -, el elefante blanco de vez en cuando se muestra a los hombres y nosotros lo veneramos en los Templos y en las calles, donde siempre hay una pequeña estatua votiva que reproduce su forma y a la que todos los días ofrecemos una flor o un poco de comida. Ésa es la imagen con la que se muestran a los hombres y que nosotros hindúes veneramos, pero cuando mueren vuelven al cielo en forma de pequeñas estrellas.

Cada uno de nosotros elige una
estrella, que es el elefante blanco que le sigue toda la vida, su Shiva, del cual recibe mensajes y consejos. Elige también tú una estrella y habla con Tu elefantito blanco que está escondido en tu corazón. Aprende a hablar con el corazón y no con la mente y volarás de inmediato al cielo hasta tu estrella, hasta tu elefantito blanco."

El cielo estaba lleno de estrellas y de burbujas y elegí mi estrella y mi elefante blanco.

Las vacaciones terminaron y regresamos a Roma. Han pasado algunos años y cuando veo a los jóvenes de hoy me parece ver un jardín lleno de matorrales y de árboles aridecidos en los que las flores duran un día.

La "net o ipod generation", en efecto, tiene una tecno-identidad que da y quita al mismo tiempo. Una juventud que ha abandonado el papel, adentrándose cada vez más en un mundo lejano de la realidad territorial y de las relaciones físico-sensoriales. Una sociedad atomizada, vinculada a los "bits", cada vez más lineal y menos circular, en la que no se permanece ligados al pasado, que se olvida rápidamente o se destruye.

Una juventud cada vez más aséptica y apolítica, que observa desde lejos el mundo adulto, en el que ya no se reconoce, ya que es el artífice de una sociedad consumista, alienante,  que destruye cualquier valor y principio de convivencia y respeto recíproco, en la cual se encuentra con dificultades cada vez mayores para integrarse y competir, delegando su esfera afectiva y emotiva a una virtualidad (es el caso de Facebook) que replantea las viejas relaciones y los nuevos valores.

Los chicos de hoy en día viven en lo imaginario y en lo fantástico. Sueñan con los ojos abiertos, esforzándose por intuir "lo invisible en lo visible", porque son conscientes de que la realidad no es un hecho objetivo e inmutable, sino que puede cambiar según cómo se mire.
Y a este propósito vale la pena citar una aguda reflexión de un Maestro ante su propio discípulo:

"¿Quién soy yo?" preguntó un joven a un Maestro de espiritualidad.
"Eres lo que piensas" respondió el sabio. "Te lo explico con una pequeña historia".
Un día, desde las murallas de una ciudad, hacia el atardecer, se vieron en la línea del horizonte dos personas que se abrazaban.
"Son un papá y una mamá", pensó una niña inocente.
"Son dos amigos que se encuentran después de muchos años", pensó un hombre solo.
"Son dos mercaderes que han concluido un buen negocio", pensó un hombre ávido de dinero.
"Es un padre que abraza a un hijo que regresa de la guerra", pensó una mujer de ánimo tierno.
"Es una hija que abraza a su padre que regresa de un viaje", pensó un hombre adolorado por la muerte de una hija.
"Son dos enamorados", pensó una joven que soñaba con el amor.
"Son dos hombres que luchan a muerte", pensó un asesino.
"Quién sabe por qué se abrazan", pensó un hombre con el corazón árido.
"Qué hermoso ver a dos personas que se abrazan", pensó un hombre de Dios.
"Cada pensamiento, concluyó el Maestro, te revela a ti mismo lo que eres".


Pero precisamente por ser soñadores, ven aquello que los demás se obstinan en no ver, pero, sobre todo, comprenden que el mundo real es distinto y se dan cuenta antes que los demás de las transformaciones que se están produciendo.

Los jóvenes se han distanciado desde hace tiempo en busca de nuevas vías y de nuevos accesos, y en este "work in progress" continuo se han abierto infinitos portales, estrechamente relacionados entre ellos, que tienen siempre nuevas informaciones actualizadas y completas.

No hay más filtros ni discriminaciones interesadas o instrumentalizadas. Los pensamientos y las ideas llegan para irse volando a la velocidad de la luz y es necesario "adelanar los tiempos" constantemente, utilizando, con mentes y corazones abiertos, el propio "motor de búsqueda", el propio "elefantito blanco" que garantiza, a quien lo ha aprendido, el uso de contenidos siempre válidos, actualizados y comprensibles.

Nuestros jóvenes se han convertido en unos expertos "pilotos de fórmula uno" en este autódromo intergaláctico, pero son incapaces de lanzarse a las calles atestadas de la vida normal porque carecen del indispensable permiso de conducción para conducir en la tierra, habiéndose transformado en astronautas que regresan después de un cataclismo y deben volver a empezar desde el principio, sin conseguir superar los exámenes de conducción y desconociendo completamente la señalización vial, que encuentran absurda e incomprensible. Te invitan a no girar a la derecha y todos los hacen. Te intiman para que no entres por un sentido prohibido y encuentras siempre al listo de turno que se te echa encima a toda velocidad. Las reglas no se respetan y prevalece la ética del más fuerte.

Ya no hay respeto por la Tierra en la que vivimos y por los seres humanos, que se mueven por orden y al son del Pastor de turno, como el joven Gling, Glong, Gliung, comiendo toda la hierba y dejando los pastos cada vez más yermos y desiertos

Las Religiones han dejado de ser una ayuda porque ya no enseñan a hablar con el propio elefantito blanco. No dejan de combatir entre ellas y de dividir, en vez de unir, los corazones en el cielo estrellado.
Regresan a mi mente las palabras de Baghavsn Sri Sathya Sai Baba, en una intervención suya en Roma en un congreso interreligioso celebrado en 1983 y de la cual, durante mi estancia en India en 2003, la pequeña orquídea me regaló la traducción en italiano, que vuelvo a leer con frecuencia.

Algunos pensamientos son aún actuales a casi 20 años de distancia:
"La humanidad entera pertenece a una sola religión: la religión del hombre. Dios es el Padre para todos los hombres. Todos son hermanos porque son hijos del mismo Dios que ocupa el cielo infinito y se manifiesta  a través de las estrellas, así como ocupa todas las estrellas y se manifiesta a través de los hombres que las habitan. No se puede reducir la Divinidad a fragmentos y dividirla en compartimentos estancos, así como es un error dividir la sociedad y los grupos de la misma manera, aprisionando a los seres humanos a través de diferencias basadas en la casta, el color, la nación, la raza y la religión, que debería proclamar siempre la Unidad de Dios y predicar el amor universal sin tener en cuenta el credo, el país o el color. Todos deberían respetar la fe de los demás y su modo de relacionarse con lo divino. Una persona que no tiene tolerancia religiosa es como una moneda falsa o como una flor si perfume. Todo conflicto político debería ser totalmente eliminado. Separar a los hombres según las religiones es un crimen contra la Humanidad y cuántos crímenes se han cometido en nombre de una Religión considerada Única y Mejor que las Demás."

Palabras de un Elefante blanco susurradas al viento, come las del personaje de Joyce, que cito en el capítulo "no uséis nuestro nombre:

"cuando el alma de un hombre viene al mundo en este país, se lanzan redes para impedirle volar. Me habláis de nacionalidad, de lengua y de religión. Yo intentaré liberarme de estas redes y volar."

Nuestros jóvenes son cometas de mil colores, que han roto los hilos que las sujetaban a la tierra. Por ahora vagan en los cielos como estrellas. Pero saben que, antes o después, el viento cesará de soplar y deberán aterrizar en este mundo enfermo en el que está desapareciendo toda forma de vida.

Son los nuevos caballeros de la luz," los guerreros del arco iris" que, como dice Green Peace, tienen la tarea de devolverle a la Tierra su antigua belleza, haciendo de ella un lugar en el que todos los seres humanos puedan convivir en armonía, sin distinciones de raza, color o credo religioso.

Son unos potenciales  "guerreros de la paz", los nuevos "caballeros del Tercer Milenio" y pueden y deben convertirse, como San Francisco y Celestino V, en unos trasbordadores hacia una nueva época, con nuevos valores y nuevas reglas, aceptadas y compartidas por todas las mujeres y por todos los hombres de esta Aldea global, en este "cyberespacio" en el que se hallan todas las dinámicas del pasado, incluidos los sueños y los miedos que han caracterizado a las diferentes épocas y el modo de percibir el mundo que nos rodea, que parece cada vez más enfermo e insensible, desprovisto de reglas y valores.

Una cosa segura es que han empezado a desmontar sus tipis y se han puesto en camino haciendo que vuelva a respirar la tierra abrasada y enferma.



Pero no todos los caminos conducen a  L’Aquila. Sólo el "blanco", el recorrido por los Caballeros de la Luz, que es breve, pero inaccesible, porque, como dice el dicho templar:

"el camino a la luz es de 35 cm de longitud, la distancia del cerebro al corazón".


Este mensaje que nos llega desde lejos ha empleado 1.000 años para llegar hasta mi corazón, como los de la pequeña orquídea o los de los Elefantes blancos que he tenido la suerte de encontrar.

Las palabras de Francisco, de Celestino, de Baghavsn Sri Sathya Sai Baba, pero, sobre todo, la fábula de pequeña orquídea, han tocado mi corazón y he pensado en crear un símbolo que uniera Oriente y Occidente, sustituyendo, en el centro de la cruz, la rosa (signo distintivo de los más altos grados masónicos) por un elefantito blanco (símbolo de Buda en Oriente).

No es casualidad que el símbolo del "corazón" en la tradición hermética esté representado por "una rosa", que, colocada en medio de la "cruz ansada", distinguía a un caballero rosa + cruz, y era el modo más simple de indicar "un hombre en camino" en busca de la Luz, entregado al descubrimiento de su "tercer ojo", el escondido en el corazón, que le permitiría ver lo invisible en lo visible.

Es un símbolo dedicado a los jóvenes que son, como siempre, los nuevos intérpretes destinados a subirse al escenario de la vida, aunque muchos ponen fuertemente en duda que esta nueva generación de "nacidos digitales" tenga la fuerza y la capacidad necesarias.

Es un "regalo" sin tiempo, ofrecido por un viejo elefante a los jóvenes y ya no tan jóvenes elefantitos, porque entiende que la elección entre bien o mal (blanco o negro) es siempre sólo personal.

Al lucir  "el elefantito blanco" mostramos a los demás que hemos contraído el compromiso con nosotros mismos y sólo con nosotros mismos de seguir en la mayor medida posible "el camino blanco", haciendo para ello un serio examen de conciencia al menos una vez a la semana y,  en caso de que reconozcamos que nos hemos equivocado de sendero, pidiendo a nuestro propio sabio YO – escondido en el "corazón"- perdón y haciendo reposar durante una semana " el símbolo ".

Se trata de un compromiso que no resulta fácil de llevar a cabo y os aseguro que yo mismo en numerosas ocasiones he tenido que volver sobre mis pasos, quitar de mi solapa mi elefantito y volver empezar desde el principio. Quizás sea éste el motivo (citando la fábula "En busca del Elefante blanco") que hace que mi piel permanezca siempre oscura en las noches de plenilunio y no aparezca un doble arco iris, como en la fábula.


Vuestro elefantito pequeño y negro

GIOVANNI SALVATI

Un hombre no puede cambiar el mundo
pero puede difundir un mensaje
que puede cambiar el mundo