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La Perdonanza

Pietro Angeleri estaba en su retiro del monte Morrone, cerca de L'Aquila, cuando el 17 de julio de 1294 Carlos II d’Angiò y su hijo Carlos Martello, seguidos por cardenales, obispos y una larguísima procesión de peregrinos, le comunicaron que el Conclave, reunido en Perugia, había decidido elevarlo a la Sede pontificia que llevaba vacante 27 meses después de la muerte de Nicolás IV. Él aceptó con la condición de ser coronado en la Basílica de Collemaggio.
El 29 de agosto de 1294, aniversario del degüello de San Juan Bautista, es elevado al solio pontificio, tomando el nombre de Celestino V, después de haber entrado en la ciudad de L’Aquila a lomos de un asno, como Jesús en Jerusalén.
Su Pontificado duró pocos meses y la historia le hará pasar por un inepto, a pesar de haber demostrado ser de muy diversa índole. En efecto, además de hacerse promotor de la construcción de la Basílica, cuando era aún un simple monje, instituyó, nada más asumir el solio pontificio, el 1er Jubileo, que llamó "La Perdonanza".
La misma tarde del día de su coronación concedió una indulgencia plenaria anual universis Christi fidelibus a todos aquellos que, confesados y sinceramente arrepentidos, se hubiesen dirigido a Santa María en Collemaggio el día del degüello de Juan Bautista (29 de agosto).

Dicho evento, confirmado por la Bula del 29 de septiembre de 1294, tiene un alcance grandioso si se considera que la Iglesia se había servido hasta entonces de las indulgencias para inducir a la gente a que realizara sus programas (como la construcción de iglesias o el apoyo a las cruzadas).
La Bula del Perdón habla de "vere penitentes et confessi", sin obligación de comulgarse, usando una fórmula tan revolucionaria que hizo que sucesivamente y de forma inútil se pusiera en duda su autenticidad "dado que se consideraría incorrecta desde el punto de vista de la doctrina".
En efecto, las indulgencias solían cancelar la pena temporal, no el pecado, ni la culpa, mientras que Celestino preveía la absolución de la pena y de la culpa.
Cualquier persona, de cualquier clase social o raza, podía dirigirse a la Basílica, cuando quería, y podía, con conciencia del mal hecho y de los rencores anidados y con la firme intención de cambiar, pedir "el perdón" de sus más o menos graves errores o equivocaciones, sin necesidad de confesarse con un sacerdote y recibir el perdón y la penitencia, como en el ritual católico, no estando prevista "la comunión".

Aunque la indulgencia plenaria estaba dirigida a la comunidad cristiana, no son pocos quienes consideran que la Perdonanza estaba dirigida a todos, sin distinción alguna de fe o credo, precisamente por su carácter innovador y ecuménico y su "el cariz laico", y en su Bula, confiada a las Autoridades municipales, en la fecha de la solemnidad, el Obispo y el clero son invitados a participar en la ceremonia de apertura de la Puerta Sacra por parte del Alcalde de la ciudad, el único que tiene la autoridad para hacerlo, después de la lectura de la Bula.

Los musulmanes (que tan aborrecidos eran en aquellos tiempos) o los fieles de cualquier otra religión podían acceder al Templo del Señor, como demuestra la actitud mostrada por los Templarios, que tanto inspiraron a Celestino, y quienes, en Jerusalén, una vez conquistada, permitían que el emir Usama rezara a Alá en su Casa Madre, que no era sino la vieja mezquita de Al Aqsa, defendiéndolo ante cualquier cristiano que pretendiera impedírselo.

Celestino V, además de reconocerle a todo peregrino su derecho a tener una relación directa con su propio Dios, fruto de los largos años transcurridos en solitario  en las cavernas del monte Morrone, donde era venerado como un santo, quiso que el Centro Espiritual de su modo de entender la religiosidad y la relación con el Supremo fuera  L'Aquila, localizando en la colina de Collemaggio el área adecuada para tal finalidad, ya que había demostrado ser un sitio capaz de amplificar las fuerzas geomagnéticas (ley lines).
Su intención, en efecto, era preparar las bases de la Ecclesia Spiritualis en sustitución de la corrupta Ecclesia carnalis. Demostró que no era en absoluto un simplón incapaz de gestionar los asuntos del mundo, sino una persona dotada de una capacidad organizativas fuera de lo común y con una sensibilidad particular, mostrándose abierto a aceptar el apoyo técnico y económico que le ofreció la  Orden de los Templarios, habiendo conocido a los máximos exponentes de dicha orden  durante su estancia en Lyón en ocasión del Concilio convocado en 1274 por el Papa Gregorio X, en el que había logrado evitar la supresión anunciada de su congregación, precisamente gracias al apoyo de los Templarios, que lo habían acogido en su encomienda.


En efecto, se debe a Celestino V la construcción de una Basílica, capaz de funcionar  de la misma forma que los superconductores modernos, una central de aceleración de células humanas, ideada para permitir que cualquier persona – una vez que se hubiera purificado en cuerpo y espíritu – estuviera preparada y disponible para recibir estas particulares y potentísimas energías cósmicas.

Y quizás ése sea el secreto más importante que se esconde y se confunde detrás de una ceremonia, que se celebra cada año y que ha asumido un cariz más folclórico que profundamente espiritual y purificador, como era la intención de su ilustre y olvidado creador.

Entrar en un lugar consagrado y participar en una función religiosa, según los preceptos del propio culto, comporta de hecho, para quienes participan conscientemente y con el corazón abierto, diferentes experiencias, de diferente intensidad, que inciden no sólo a nivel anímico y espiritual, sino también y sobre todo a nivel ético y de comportamiento, estimulando al fiel para que pierda su propia carga egocéntrica y adquiera una carga universal, una experiencia que se traducirá en resultados también a nivel relacional.

Usando una metáfora, podríamos decir que se entra "sucio" de los vicios y de los pecados profanos y se sale "limpio", más íntegro, purificado por esta inmersión en una energía más sutil y pura.

Por ello, no es algo casual que antes de entrar en un Templo se aconseje lavarse, ponerse el vestido de la fiesta y "dejar fuera los metales”, entendiendo con este último término los "pensamientos y acciones profanas".

En efecto, es indispensable hacerse siempre un profundo y sincero examen de conciencia del comportamiento observado hacia uno mismo y hacia los demás en el periodo anterior a la ceremonia sacra en la que se va a participar, tomando consciencia del mal hecho y de los rencores anidados en el alma,  y prometerse no volver a repetir los más o menos graves  errores o equivocaciones cometidos y cambiar de actitud mental y ética.

Aquello que es justo o equivocado le corresponde decidirlo en primer lugar a uno mismo, según sólo sus valores y sus principios de referencia. Luego, si uno es católico, se hará partícipe de ello al confesor, quien, una vez haya le escuchado, le perdonará, estableciendo el número de las invocaciones de excusa que deberá repetir sinceramente arrepentido antes de poder acercarse al sacramento de la comunión.
Sería correcto y necesario, pues, no participar en la misa ni en cualquier otra ceremonia sagrada de manera superficial y egoísta. Por lo tanto, si tras un sincero examen de conciencia, se reconoce que no se está adecuadamente preparado y disponible, por el bien común, honestamente se debería evitar participar en las mismas para no contaminar la atmósfera, pero sobre todo para no impedir a los fieles recogidos en un momento de oración que vivan dicho momento con la debida y necesaria intensidad.

Es un trabajo de autoconciencia que, si se aplica de manera correcta y continuada, tiene un indudable efecto psicológico y práctico y estos efectos inconscientes y casi siempre desconocidos terminan por afectar inevitablemente al comportamiento personal a nivel relacional.

Recientemente tuve ocasión de participar en Roma en una función religiosa y me llamó la atención un joven sacerdote que, durante la homilía, hizo notar que a las muchas personas ancianas que se confesaban afirmando textualmente no haber cometido ningún pecado que tuviera que ser perdonado, él les respondía:
¿Pero usted qué ha hecho de positivo hacia sí mismo y sobre todo hacia los demás como católico practicante, practicando con su ejemplo?"

Se trata del mismo planteamiento ético y moral de la oración de San Escrivia, fundador del Opus Dei, el cual cita en su sitio un pensamiento de Benedicto XVI, quien, en una reciente homilía, ha querido subrayar:
"Frente a quien intenta adaptar la fe cristiana a los tiempos, Jesús no se contenta de una pertenencia superficial y formal, sino que invita a una elección radical para la vida."


Corazón a Corazón

Y he aquí la Bula de Celestino V:

"Celestino obispo, siervo de los siervos de Dios, a todos los fieles de Cristo que vean la presente carta, salud y apostólica bendición.
De entre las conmemoraciones solemnes de los santos, la memoria de
San Juan Bautista debe ser honrada más solemnemente puesto que éste, nacido del vientre de una madre estéril, fue fecundo en obras de virtud y fecunda fuente de sagradas enseñanzas.
San Juan Bautista fue voz de los apóstoles, habiendo concluido el ciclo de los profetas, y con el sonido de su palabra, con la admirable indicación de su dedo, anunció la presencia, en la tierra cubierta por las tinieblas de la ignorancia, de Cristo, luz del mundo ofuscado por la bruma.
De aquí su glorioso martirio,
mistéricamente impuesto y ejecutado por  consideración a  una mujer impúdica.
Nosotros, que en la Iglesia aquilana de
Santa María de Collemaggio, de la orden de San Benedicto, hemos recibido la insigne diadema impuesta sobre nuestra cabeza en el mismo día conmemorativo del Degüello de la cabeza de San Juan Bautista, deseamos que dicho Degüello sea honrado con una mayor veneración, con himnos, cantos y devotas oraciones de los fieles.
Por ello, para que
la Festividad del Degüello en dicha Iglesia  sea exaltada con festejos extraordinarios y sea honrada, tan devota y fervorosamente, por la devota  concurrencia del pueblo del Señor, aquí donde la oración de aquellos que buscan al Señor descubrirá las gemas de la Iglesia ( El secreto de los Tres 888 ) resplandecientes por los dones espirituales que facilitarán la entrada en los eternos tabernáculos del Paraíso, invocando la misericordia del Señor omnipotente y confiando en la autoridad de sus beatos apóstoles Pedro y Pablo, anualmente absolvemos de toda culpa y pena, que merecen por todos los pecados y fechorías cometidos desde el mismo bautismo,  a todos aquellos que, verdaderamente > arrepentidos y confesados <  serán entrados en la  antedicha iglesia > desde las vísperas de la vigilia de la festividad hasta las vísperas inmediatamente siguientes < ".
"Dado en L'Aquila, el 29 de septiembre de 1294, año primero de nuestro pontificado"
.

*********

Un hombre no puede cambiar el mundo
pero puede difundir un mensaje
que puede cambiar el mundo

 









Pietro Angeleri estaba en su retiro del monte Morrone, cerca de L'Aquila, cuando el 17 de julio de 1294 Carlos II d’Angiò y su hijo Carlos Martello, seguidos por cardenales, obispos y una larguísima procesión de peregrinos, le comunicaron que el Conclave, reunido en Perugia, había decidido elevarlo a la Sede pontificia que llevaba vacante 27 meses después de la muerte de Nicolás IV. Él aceptó con la condición de ser coronado en la Basílica de Collemaggio.
El 29 de agosto de 1294, aniversario del degüello de San Juan Bautista, es elevado al solio pontificio, tomando el nombre de Celestino V, después de haber entrado en la ciudad de L’Aquila a lomos de un asno, como Jesús en Jerusalén.
Su Pontificado duró pocos meses y la historia le hará pasar por un inepto, a pesar de haber demostrado ser de muy diversa índole. En efecto, además de hacerse promotor de la construcción de la Basílica, cuando era aún un simple monje, instituyó, nada más asumir el solio pontificio, el 1er Jubileo, que llamó "La Perdonanza".
La misma tarde del día de su coronación concedió una indulgencia plenaria anual universis Christi fidelibus a todos aquellos que, confesados y sinceramente arrepentidos, se hubiesen dirigido a Santa María en Collemaggio el día del degüello de Juan Bautista (29 de agosto).

Dicho evento, confirmado por la Bula del 29 de septiembre de 1294, tiene un alcance grandioso si se considera que la Iglesia se había servido hasta entonces de las indulgencias para inducir a la gente a que realizara sus programas (como la construcción de iglesias o el apoyo a las cruzadas).
La Bula del Perdón habla de "vere penitentes et confessi", sin obligación de comulgarse, usando una fórmula tan revolucionaria que hizo que sucesivamente y de forma inútil se pusiera en duda su autenticidad "dado que se consideraría incorrecta desde el punto de vista de la doctrina".
En efecto, las indulgencias solían cancelar la pena temporal, no el pecado, ni la culpa, mientras que Celestino preveía la absolución de la pena y de la culpa.
Cualquier persona, de cualquier clase social o raza, podía dirigirse a la Basílica, cuando quería, y podía, con conciencia del mal hecho y de los rencores anidados y con la firme intención de cambiar, pedir "el perdón" de sus más o menos graves errores o equivocaciones, sin necesidad de confesarse con un sacerdote y recibir el perdón y la penitencia, como en el ritual católico, no estando prevista "la comunión".

Aunque la indulgencia plenaria estaba dirigida a la comunidad cristiana, no son pocos quienes consideran que la Perdonanza estaba dirigida a todos, sin distinción alguna de fe o credo, precisamente por su carácter innovador y ecuménico y su "el cariz laico", y en su Bula, confiada a las Autoridades municipales, en la fecha de la solemnidad, el Obispo y el clero son invitados a participar en la ceremonia de apertura de la Puerta Sacra por parte del Alcalde de la ciudad, el único que tiene la autoridad para hacerlo, después de la lectura de la Bula.

Los musulmanes (que tan aborrecidos eran en aquellos tiempos) o los fieles de cualquier otra religión podían acceder al Templo del Señor, como demuestra la actitud mostrada por los Templarios, que tanto inspiraron a Celestino, y quienes, en Jerusalén, una vez conquistada, permitían que el emir Usama rezara a Alá en su Casa Madre, que no era sino la vieja mezquita de Al Aqsa, defendiéndolo ante cualquier cristiano que pretendiera impedírselo.

Celestino V, además de reconocerle a todo peregrino su derecho a tener una relación directa con su propio Dios, fruto de los largos años transcurridos en solitario  en las cavernas del monte Morrone, donde era venerado como un santo, quiso que el Centro Espiritual de su modo de entender la religiosidad y la relación con el Supremo fuera  L'Aquila, localizando en la colina de Collemaggio el área adecuada para tal finalidad, ya que había demostrado ser un sitio capaz de amplificar las fuerzas geomagnéticas (ley lines).

Su intención, de hecho efecto, era preparar las bases de la Ecclesia Spiritualis en sustitución de la corrupta Ecclesia carnalis. Demostró que no era en absoluto un simplón incapaz de gestionar los asuntos del mundo, sino una persona dotada de una capacidad organizativas fuera de lo común y con una sensibilidad particular, mostrándose abierto a aceptar el apoyo técnico y económico que le ofreció la  Orden de los Templarios, habiendo conocido a los máximos exponentes de dicha orden  durante su estancia en Lyón en ocasión del Concilio convocado en 1274 por el Papa Gregorio X, en el que había logrado evitar la supresión anunciada de su congregación, precisamente gracias al apoyo de los Templarios, que lo habían acogido en su encomienda.


Efectivamente, se debe a Celestino V la construcción de una Basílica, capaz de funcionar  de la misma forma que los superconductores modernos, una central de aceleración de células humanas, ideada para permitir que cualquier persona – una vez que se hubiera purificado en cuerpo y espíritu – estuviera preparada y disponible para recibir estas particulares y potentísimas energías cósmicas.

Y quizás ése sea el secreto más importante que se esconde y se confunde detrás de una ceremonia, que se celebra cada año y que ha asumido un cariz más folclórico que profundamente espiritual y purificador, como era la intención de su ilustre y olvidado creador.

Entrar en un lugar consagrado y participar en una función religiosa, según los preceptos del propio culto, comporta de hecho, para quienes participan conscientemente y con el corazón abierto, diferentes experiencias, de diferente intensidad, que inciden no sólo a nivel anímico y espiritual, sino también y sobre todo a nivel ético y de comportamiento, estimulando al fiel para que pierda su propia carga egocéntrica y adquiera una carga universal, una experiencia que se traducirá en resultados también a nivel relacional.

Usando una metáfora, podríamos decir que se entra "sucio" de los vicios y de los pecados profanos y se sale "limpio", más íntegro, purificado por esta inmersión en una energía más sutil y pura.

Por ello, no es algo casual que antes de entrar en un Templo se aconseje lavarse, ponerse el vestido de la fiesta y "dejar fuera los metales”, entendiendo con este último término los "pensamientos y acciones profanas".

En efecto, es indispensable hacerse siempre un profundo y sincero examen de conciencia del comportamiento observado hacia uno mismo y hacia los demás en el periodo anterior a la ceremonia sacra en la que se va a participar, tomando consciencia del mal hecho y de los rencores anidados en el alma,  y prometerse no volver a repetir los más o menos graves  errores o equivocaciones cometidos y cambiar de actitud mental y ética.

Aquello que es justo o equivocado le corresponde decidirlo en primer lugar a uno mismo, según sólo sus valores y sus principios de referencia. Luego, si uno es católico, se hará partícipe de ello al confesor, quien, una vez le haya escuchado, le perdonará, estableciendo el número de las invocaciones de excusa que deberá repetir sinceramente arrepentido antes de poder acercarse al sacramento de la comunión.
Sería correcto y necesario, pues, no participar en la misa ni en cualquier otra ceremonia sagrada de manera superficial y egoísta. Por lo tanto, si tras un sincero examen de conciencia, se reconoce que no se está adecuadamente preparado y disponible, por el bien común, honestamente se debería evitar participar en las mismas para no contaminar la atmósfera, pero sobre todo para no impedir a los fieles recogidos en un momento de oración que vivan dicho momento con la debida y necesaria intensidad.

Es un trabajo de autoconciencia que, si se aplica de manera correcta y continuada, tiene un indudable efecto psicológico y práctico y estos efectos inconscientes y casi siempre desconocidos terminan por afectar inevitablemente al comportamiento personal a nivel relacional.

Recientemente tuve ocasión de participar en Roma en una función religiosa y me llamó la atención un joven sacerdote que, durante la homilía, hizo notar que a las muchas personas ancianas que se confesaban afirmando textualmente no haber cometido ningún pecado que tuviera que ser perdonado, él les respondía:
¿Pero usted qué ha hecho de positivo hacia sí mismo y sobre todo hacia los demás como católico practicante, practicando con su ejemplo?"

Se trata del mismo planteamiento ético y moral de la oración de San Escrivia, fundador del Opus Dei, el cual cita en su sitio un pensamiento de Benedicto XVI, quien, en una reciente homilía, ha querido subrayar:
"Frente a quien intenta adaptar la fe cristiana a los tiempos, Jesús no se contenta de una pertenencia superficial y formal, sino que invita a una elección radical para la vida."


Corazón a Corazón

Y he aquí la Bula de Celestino V:

"Celestino obispo, siervo de los siervos de Dios, a todos los fieles de Cristo que vean la presente carta, salud y apostólica bendición.
De entre las conmemoraciones solemnes de los santos, la memoria de
San Juan Bautista debe ser honrada más solemnemente puesto que éste, nacido del vientre de una madre estéril, fue fecundo en obras de virtud y fecunda fuente de sagradas enseñanzas.
San Juan Bautista fue voz de los apóstoles, habiendo concluido el ciclo de los profetas, y con el sonido de su palabra, con la admirable indicación de su dedo, anunció la presencia, en la tierra cubierta por las tinieblas de la ignorancia, de Cristo, luz del mundo ofuscado por la bruma.
De aquí su glorioso martirio,
mistéricamente impuesto y ejecutado por  consideración a  una mujer impúdica.
Nosotros, que en la Iglesia aquilana de
Santa María de Collemaggio, de la orden de San Benedicto, hemos recibido la insigne diadema impuesta sobre nuestra cabeza en el mismo día conmemorativo del Degüello de la cabeza de San Juan Bautista, deseamos que dicho Degüello sea honrado con una mayor veneración, con himnos, cantos y devotas oraciones de los fieles.
Por ello, para que
la Festividad del Degüello en dicha Iglesia  sea exaltada con festejos extraordinarios y sea honrada, tan devota y fervorosamente, por la devota  concurrencia del pueblo del Señor, aquí donde la oración de aquellos que buscan al Señor descubrirá las gemas de la Iglesia ( El secreto de los Tres 888 ) resplandecientes por los dones espirituales que facilitarán la entrada en los eternos tabernáculos del Paraíso, invocando la misericordia del Señor omnipotente y confiando en la autoridad de sus beatos apóstoles Pedro y Pablo, anualmente absolvemos de toda culpa y pena, que merecen por todos los pecados y fechorías cometidos desde el mismo bautismo,  a todos aquellos que, verdaderamente > arrepentidos y confesados <  serán entrados en la  antedicha iglesia > desde las vísperas de la vigilia de la festividad hasta las vísperas inmediatamente siguientes < ".
"Dado en L'Aquila, el 29 de septiembre de 1294, año primero de nuestro pontificado"
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Un hombre no puede cambiar el mundo
pero puede difundir
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